viernes, 16 de julio de 2010

Todos sentimos temor de vez en cuando. A veces nos da miedo abrir los ojos, porque por ahí los abrís, y ves aquello que no deseas ver, descubrís todo al revés. Y eso es lo que en verdad nos da miedo, los cambios. Como un chico que juega a las escondidas tapándose los ojos suponiendo que así no lo ven. Uno, a veces, cierra los ojos como si así fueran a esfumarse los problemas. Como si fueran a desaparecer solos.
¿Alguna vez te preguntaste por qué tu corazón late más rápido y tu respiración se acelera cuando estás asustado? Esa es la reacción del cuerpo ante el miedo nos hace resistir o huir. La única forma de que un temor desaparezca es enfrentándolo.
Uno odia y ama a esa persona, o a ese espejo, que le dice la verdad, que le abre los ojos. Abrir los ojos tiene sabor agridulce. Por un lado, como que se pierde la magia. Pero por el otro, se sale del engaño. A veces lo que tenemos que ver es tan horrible, que preferimos hacer como que el dolor que siente no existiera, hacer que no pasa nada, y vivir en una cajita de cristal. Y otras veces la burbuja se pincha, y no queda otra que abrir los ojos, y mirar eso que no queremos ver. El corazón se nos comprime y nos quedamos sin aire, ahogados. Duele abrir los ojos. Es como salir de la oscuridad, y que la luz te encandile. Sería mejor mirar para otro lado, ojos que no ven, corazón que no siente. Para que algo cambie hay que romper la burbuja, salir de la cajita de cristal... Abrir los ojos y animarse a ver. Aunque lo que haya para ver te oprima el corazón.

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